miércoles, 13 de noviembre de 2013

PRODUCCION POETICA




HOMBRE 1

(Poema)


¡OH ¡pobre de ti, que cabalgas ebrio de orgullo sobre tu especie.

Que has levantado las pirámides y los rascacielos con sudor y sangre.

Que arrastras tus harapos tras el oro y te rindes dócilmente ante los dogmas.

Que has rasgado con telescopio el universo sin conocer tu universo. Que como depredador has circundando el suelo de la tierra y de la luna.

¡Oh! pobre de ti que arrastras como reptil tu cuerpo de trapo y tus pies de arcilla.Que quieres volar, pero con alas de pingüino.  

¡Oh ¡pobre de ti, que te empeñas en alcanzar las alturas con espíritu de arenisca y de fango.Que deambulas como hormiga sonámbula, sin  luz y sin transformar el norte de tu universo.


José Luís Avilés Rivera

16  de enero de 1984


NOTICIAS LITERARIAS: PREMIO NOBEL 2013

La concesión del Premio Nobel de Literatura 2013 a la escritora canadiense Alice Munro, reconocida por sus cuentos cortos



ALICE MUNRO

Alice Ann Munro (nacida Alice Ann Laidlaw; Wingham, 10 de julio de 1931) es una cuentista canadiense. Considerada una de las escritoras actuales más destacadas en lengua inglesa, la «Chéjov canadiense». 

        Trabajos importantes: JulietaHateship LoveshipLejos de ellaRunaway - IMDb

Autor de: Runaway (book)Lives of Girls and WomenDear LifeDemasiada FelicidadWho Do You Think You Are(book)Dance of the Happy ShadesThe Love of a Good WomanThe View from Castle RockThe Moons of JupiterEl amor de una mujer generosa



RESEÑA DEL CUENTO "LA TEMPORADA DEL PAVO"


El cuento "La temporada del pavo" ("Turkey Season" en inglés) de Alice Munro es parte de su colección de cuentos "The Love of a Good Woman" (El amor de una mujer generosa), publicada en 1998.

El cuento comienza con una joven llamada Garnet, que trabaja como empleada de una casa en una ciudad pequeña en Ontario, Canadá. Garnet tiene una amistad con un hombre casado llamado Sam, quien es el dueño de una carnicería y a quien ella visita regularmente en el trabajo. La esposa de Sam, Addie, sospecha que hay algo inapropiado entre ellos y trata de alejar a Garnet, pero Sam sigue visitando a Garnet en su casa de huéspedes y le trae un pavo para la cena de Acción de Gracias.

En el transcurso del cuento, Munro explora las complejas dinámicas de poder y deseo en una pequeña comunidad rural. Garnet se siente atraída por Sam, pero también siente simpatía por Addie, quien ha perdido a su hijo y está luchando con la depresión. La tensión entre Garnet, Sam y Addie llega a un punto crítico durante la cena de Acción de Gracias, cuando Garnet le dice a Addie que ella y Sam son "sólo amigos". La situación se intensifica aún más cuando Garnet descubre que Addie ha estado coleccionando objetos personales de Garnet, lo que la lleva a replantearse su relación con Sam y su papel en la vida de la pareja.

El cuento es una meditación sobre la complejidad de las relaciones humanas y las consecuencias de las acciones impulsivas. Munro es una maestra en el arte de crear personajes complejos y convincentes, y en "La temporada del pavo" logra capturar la tensión emocional y psicológica entre los personajes con gran precisión y empatía.

PRODUCCIÓN LITERARIA: NOVELISTICA LA DAMA OTOÑAL (Novela) PÁGINAS 1 A 3


LA DAMA OTOÑAL 

(Novela)

Neiva – 2008  - 2023

BY JOSE LUIS AVILES RIVERA




CAPÍTULO I


Cuando se decidió a salir del baño, sus ojos, por las cataratas, más blancos que azules, mostraban el brillo quebradizo e inconfundible que ponen las mujeres apasionadas



Dicen que dicen, que cuando “El Corrillo” pasó por la ciudad pregonando la muerte de la señorita Manrique, Neiva hervía de calor. Que bajo el sopor que lo agobiaba, este personaje colectivo, multiforme, polifónico, anónimo y mítico que siempre ha existido en el imaginario de Neiva no se quedó ahí, fue más allá; como un preámbulo contó que aquella madrugada lluviosa del lunes 23 de septiembre de 1970, día del equinoccio de otoño en el hemisferio norte, la señorita María Manrique Santacoloma se había despertado sobresaltada por el revoloteo insoportable de una enorme mariposa negra que daba vueltas, atolondrada, en la oscuridad del cuarto. Que carcomida por el agüero y después de acomodarse el camisón que fulguraba en la penumbra, desde la cama, agobiada por la artritis, había tomado  a tientas la linterna que mantenía sobre la mesita de noche y empujada por la superstición y en medio de su ceguera se había ensañado tanto contra el insecto, a tal punto que no le importaron los tropezones que se dio contra los enseres del cuarto, y por el contrario, lo había perseguido sin descanso por más de media hora. Que cansada, con el cuerpo lacerado y sudando frío, se había sentado resignada en la cama renunciado a seguir persiguiendo al insecto, pero que cuando éste hizo una parada en la baranda de la cama, sin pensarlo, por simple intuición, la señorita Manrique lo había destrozado de un chancletazo ensuciando con ello el piso del cuarto con una mancha negra. Que agitada por el esfuerzo se había estirado de nuevo en la cama y había permanecido varios minutos inmóvil como muerta.

 Lo que no alcanzó a contar “El Corrillo” fue que media hora después, en camisola y con la cabeza cubierta con una pañoleta oscura trató de alcanzar la ducha, pero llegó sólo hasta el corredor; la detuvo la brisa helada del patio que le abrumaba las piernas y el horror que le produjo ver los pisos de la sala y el corredor cubiertos y sucios por una colcha negra de avispas y escarabajos muertos. No recuerda como los barrió y los amontonó junto a un helecho moribundo que aparecía arrumado en un rincón del corredor. Intimidada regresó a su alcoba con paso cansino arrastrando más que sus chancletas mojadas el peso de su larga vida. Llegó imbuida en un monólogo ininteligible. Remilgó con ademanes grotescos por sus fallidos intentos de encender las veladoras de su altar centenario. Malgeniada anduvo como sonámbula en la sala. Cuchicheo por varios minutos con el árbol genealógico de la familia Manrique que había resistido el terremoto del 67 y que permanecía aun sobre una de las paredes de la sala de estar. Luego, empujada por la cistitis y soportando la humedad y la briza fría que le fastidiaba las piernas atravesó el patio. Ya estaba cerca del baño cuando cayó en la cuenta que había pasado por debajo de una escalera, que, quién sabe quién y desde cuándo la habían dejado reclinada sobre una de las paredes del silo, en donde otrora se almacenara la cosecha de cacao y de tabaco. Se echó pestes. Movida por sus agüeros desanduvo el camino pisando charcos. Se santiguó varias veces y lo reinició esquivando la escalera. Cuando se encontró justo enfrente de la puerta del baño, al mirar el cielo, no pudo impedir que se le erizara la piel. Éste, estaba como lo había visto 45 años atrás, manchado por un cúmulo gigante de nubes negras. Entonces la asaltó el vago presentimiento que ése sería el último día de su vida. 


Ya en la ducha y mientras el agua fría recorría su cuerpo largo y aflojado por los años, cayó en la cuenta que se le había quedado encendido el radio en la sala de estar. Le preocupaban las pilas. Bueno, el radio en referencia era un receptor en creación. Un artefacto electrónico que estimuló la competencia y la guerra de patentes entre las mentes más brillantes del siglo XIX, tales como Armstrong, Maxwell, Hertz, Popov, Tesla y Marconi, entre otros. El radio en cuestión, fue un regalo


martes, 1 de octubre de 2013

PRODUCCIÓN LITERARIA: CUENTÍSTICA


A MANERA DE PRÓLOGO

Betuel Bonilla Rojas


¿Cuál es, solemos preguntarles a nuestros guías literarios, ese libro de cuentos al que podríamos considerar redondo, es decir, aquel en el que todas las piezas encajan a la perfección en un proyecto estético, sin que una pieza u otra desentonen dentro del conjunto? Pregunta difícil esta, suelen responder. Porque todos tenemos, en mayor o menor número, nuestra propia antología del género, casi siempre compuesta por cuentos sueltos, por pequeñas piezas producto de un instante de revelación, de máxima lucidez creativa.

Y dentro de esta pequeña lista de colecciones casi perfectas sobresalen El llano en llamas, de Juan Rulfo; Las armas secretas, de Julio Cortázar; El aleph, de Jorge Luis Borges; Nueve cuentos, de Jerome David Salinger; Si me necesitas, llámame, de Raymond Carver; Misteriosa Buenos Aires, de Manuel Mujica Láinez; El hombre al que amó y otros cuentos, de John Cheever, y algunos libros más. Son pocos, sin duda alguna.

La exigencia del género, la extensión del mismo y la diversidad en los momentos de elaboración hace de todo libro de cuentos un algo extraño, un algo incierto en el que armamos piezas con la meticulosidad de un relojero sin saber muy bien hacia qué lado vayan a parar las agujas. Corremos el riesgo, algo de lo cual está a salvo la novela, por ejemplo, de que si una pequeña pieza del sistema se afecta el sistema todo colapsa, fracasa. Y ese es un riesgo de todo aquel que escribe cuentos, que sigue obstinadamente escribiendo cuentos.

Ya las editoriales nos gritan hasta el cansancio que quieren novelas, que los cuentos pertenecen a un anticuario de románticos obnubilados aún con alcanzar los niveles de esos que acompañaron su formación como lectores. Por eso, ver un conjunto de cuentos completo, con unidad temática y pensado como libro, es un hecho milagroso, es una dura batalla para resistir el formato cinematográfico, que tanto caló en la mente de los editores.

Y lo primero para resaltar en el libro de José Luis, justamente, es su unidad temática. Aquí el sistema funciona a la perfección. Y ese eje transversal es el conflicto, el conflicto en toda su crudeza y barbarie. A veces el conflicto es el protagonista. Vemos entonces sus episodios atroces y sus víctimas. Vemos sangre fluyendo incansable, y calles presenciando batallas fratricidas. Quedan odios circulando, cicatrices que quizás nunca sanen. El escenario es el campo, o las ciudades recién colonizadas por el traslado masivo de campesinos huyendo de la guerra o atraídos por la modernización de los primeros cincuenta años del siglo XX. Pero a veces el conflicto es telón de fondo, y entonces aparecen en primer plano escenas urbanas, modernas, ambientadas en una atmósfera en la que la tecnología se constituye en la realidad más inmediata del hombre. Es decir, entonces, que bien pudiéramos pensar que el tiempo, analizado en su sentido diacrónico, también estructura este conjunto de relatos.

Léase bien, prefiero llamarlos relatos, no cuentos. Hay en ese pequeño giro lingüístico una razón de peso. Quizás los primeros textos: “Eutimio”, “Hostigamiento”, “NN”, “La noche de los panfletos”, “A tientas”, y lo que José Luis llama minicuentos, son en realidad piezas narrativas con una estructura cuentística. En éstos, el conflicto aparece en su dimensión más plena y alcanza momentos de tensión bien elaborados. Sentimos los personajes, nos los imaginamos de carne y hueso, desarraigados, nos entrometemos en esos destinos un tanto aciagos que les tocan. Las demás piezas constituyen una variedad de propuestas, entre anécdotas, viñetas históricas, crónicas o cuadros semicostumbristas, inscritos dentro de una tradición picaresca o de mero divertimento. También se intenta conferirles una estructura cuentística, pero la ejecución impide que esto se realice a plenitud. Noto que cuando el conflicto se hace lejano, como tema y no como tiempo, como simple principio de causalidad o como referencia, lejana o inmediata, los textos pierden en tensión. Pierde el conflicto; pierde el género.

Y en esos primeros ejercicios, a los que yo llamo cuentos auténticos, hay elementos técnicos y conceptuales enlazados con la mejor tradición de la temática. José Luis se vale de recursos harto trajinados pero que le vienen como anillo al dedo para la concreción de sus historias. Claro, es innegable que algunos autores salen inmediatamente como marcas ineludibles. Pero ya Epicuro, y luego Séneca, hablaron de que todo lo bueno hecho por otros nos pertenece. Nos vienen ecos del Rulfo de “Anacleto Morones”, de “La cuesta de las comadres” o de “Nos han dado la tierra”. También aparece García Márquez, el de “Un día de estos” o “La siesta del martes”.  Insisto, esas influencias son molestas, pero resulta imposible evitarlas. Y si están ahí lo mejor es que sirvan, que alienten.

Tal vez “Eutimio” sobresale dentro de este conjunto. Es una pieza mayor, un texto que no se agota en su forma y que aún, heredero de una larga tradición, constituye un ejemplo de cómo asumir con riqueza estilística la materia narrativa. En este cuento el autor se vale de recursos como el diálogo usado en su más aprovechada extensión, el monólogo exterior y la polifonía. Siempre, eso es recurrente en el libro, el narrador, sea en primera o tercera persona, da la impresión de ser apenas un enviado del colectivo, una especie de corifeo arrojado por el resto del coro popular para anunciar la tragedia. Y esa estructura coral es propia de lo rural, y aquí hay un gran acierto en el libro. Por eso insisto en la presencia de Rulfo, en el inteligente juego de voces variadas que tornan ricos varios de los cuentos.

Otros dos aciertos de José Luis como narrador tienen que ver con la denominación de los personajes y la construcción de un plano de conjunto para poner a moverse a sus criaturas. En el primer caso la riqueza fonética de los nombres hace que nos sintamos en un pueblo, que olfateemos la plaza y las veredas llenas de vegetación y animales. Los personajes se llaman Eutimio, o Justino, o son designados con el mote que les ha designado el colectivo. Nada hay tan bien pensado, y eso lo sabe José Luis, como el alias dado por un campesino. El segundo elemento tiene que ver con la manera en que José Luis funda un territorio común a sus criaturas. Vemos a Eutimio, como personaje, hacer parte no de una historia, sino de un mundo, de una realidad más amplia que el simple hecho cuentístico. Claro, eso también lo hizo Balzac con su Lucien de Rubempré, Rastignac o Vautrin, en París; o Faulkner y sus Sartoris, su Temple o su Gavin Stevens, en Yoknapatawpha; o García Márquez y su coronel, en Macondo; o Juan Carlos Onetti y su Larsen, en Santa María. 

Pero en eso no existe incomodidad alguna. Hay momentos en los que nos sentimos parte de un cosmos parcelado por manos humanas. De un lado moran los paramilitares; del otro, los guerrilleros; del otro, las fuerzas del Estado. Y en medio las víctimas, inermes, presas del abandono y las injusticias, de los excesos de todas las fuerzas. Por eso los personajes van y vienen, vuelven en la memoria, se resisten a partir porque acaso fueron despojados a las malas de algo que les pertenecía.

Quizás, pensando en esto último, veo en el libro de relatos de José Luis un tercer eje unificador, un tercer elemento común, una preocupación ética que se asoma en cada historia, en el conjunto. No importa que sobrevenga una derrota, y luego otra; no importa que la modernización nos desintegre, nos saque del núcleo familiar, nos vuelva ajenos a nuestros pueblos y nos globalice sin apenas percatarnos. Nos queda algo, nuestros recuerdos, nuestra memoria, nuestra particular manera de contar, nuestros murmullos colectivos. Sólo eso, parece decir José Luis, el pasado hecho realidad mediante la memoria, nos puede salvar.









EUTIMIO



“Ahí viene de nuevo”, dijo Happy, con la voz ronca por la gripa. “En media hora es la cuarta vez”, agregó Potte sin voltear a mirar.  “Son diez años en lo mismo”, concluyó Don Hernán mientras se alisaba el bigote con los dedos de su mano izquierda.

Todos volteamos a mirar, incluido Don Jaime, quien barajaba las fichas de dominó. Eutimio llegó con paso cansado, portando un blue jeans ordinario y una camisa raída. De su cabeza sobresalía un mechón en desorden. Traía la cara demacrada por el insomnio y los ojos brotados, irritados, pegados al piso. Llegó hasta la casa de Doña Isabel. Se arrimó a la ventana y se hundió en su eterno soliloquio. “Dejémonos de vainas…con tirarle piedras a la luna no sacamos nada…”. “¿Qué dijo?”, preguntó Potte, más con las manos que con las palabras. “El cuento de todos los días”, se burló Junior. “Hace rato se la estaba montando al doctor Laureano Gómez”, intervino Don Jaime con buen humor mientras se acomodaba la prótesis de su pierna derecha. “Pobre Eutimio”, agregó Don Hernán, “las malas juntas y la marihuana se lo tiraron. Él fue el mejor estudiante de su colegio. Pero le quebraron la testa”.

“¡No!, ¡no!, ¡no!, no me tiren al río que me ahogo!... ¡Sí!, ¡sí!, después de mi madre mi profe de tercero es la que más he amado. Era mi ángel de la guarda. Siempre adivinaba cuándo tenía hambre y me daba parte de su desayuno. Espero que Dios la tenga en su santa gloria. Todas las noches le rezo un Padre Nuestro y un Ave María por su alma. El que debe estar penando en este momento es el pobre Edumigio, le gustaba molestar las chicharras; les metía una ramita por el rabo y las soltaba dizque para que se fueran a chirriar y a morir a otro lado. ¡Él era jodido! No podía ver un murciélago porque le atarugaba un tabaco prendido y lo ponía a fumar como a un cristiano. Con los días el animal aparecía chamuscado. Cuando se le preguntaba, el muy descarado se reía sin compasión. En la escuela lo llamábamos el odioso; nadie lo quería. Les pegaba a los más pequeños y les faltaba el respeto a las niñas. Lo peor fue que se murió sin confesarse. Eso es grave. Lo dijo la semana pasada el curita Fernández. El cristiano debe confesarse mínimo una vez por semana. Si no lo hace y se muere, lo espera el infierno… Yo siempre me confieso, por si las moscas. ¡Ya!, ¡ya!, ¡ya!, ¡ya voy! ¿Por qué me demoré? Estaba viendo en el excusado la cara del director de la escuela. “No se meta en política, eso es cosa de adultos”, me dijo el ogro con su voz áspera y soltó la carcajada, dejándome las orejas ardiendo del pellizco que me dio el maldito… ¿Quién fue primero? ¿Dios, o los dinosaurios?, me preguntó mi sobrino cuando llegó de la escuela. ¡Pues Dios!, le respondí. Y antes que me crucificara de nuevo, lo mandé a comprar helados a la tienda”

Don Jaime repartió las fichas de dominó mecánicamente mientras todas las miradas estaban puestas sobre Eutimio. Como de costumbre éste suspendía su perorata cuando alguien cruzaba por el sector. Esta vez fue una adolescente sensual, quien con jeans descaderados y ajustados pasó desapercibida de la guerra interior que sostenía Eutimio. 

“¡Huuuuu!”. Exclamó Potte. “¿Quién pidió postre?”. “¡Esto es un bom bom bum!”, dijo Júnior con picardía y soltó la carcajada. 

Todos quedamos embelesados, menos Eutimio, quien asustó a la joven cuando repentinamente reinició su perorata diaria: “¡Mamá!, ¡mamá!, ¡dígale a Sofía que se encargue de mi sobrino, ya estoy jarto que me tomen de niñero! Es hora de que esa sinvergüenza asuma sus responsabilidades. ¡Otra cosa! ¡Otra cosa! ¡Póngale el ojo!... ¡Póngale el ojo! Me huele que otra vez anda en malos pasos, no sea que de nuevo le llenen de huesos la barriga. ¿Que se acabó el mercado? ¡Tranquila mamita!; ¡tranquila! ¡Dios aún no se nos ha muerto! ¡No nos puede quedar mal! Más rato le pedimos un adelanto a Don Matías”

Eutimio se retiró con la misma mansedumbre ovina con la que había llegado, ante el llamado estentóreo de su padre quien lo mandó a regar las matas del patio. 

“¡Pobre Eutimio, ya no tiene remedio!”, dijo Don Jaime. 

“Al contrario”, dijo Happy, “Eutimio se nos volvió un filósofo. Pero me suena la idea de que primero fueron los dinosaurios”.

“Con este monólogo Eutimio está cerca de reencarnar al filósofo Platón'', se burló Júnior. 

“¡Ya!, ¡ya!, ¡déjense de enredos metafísicos y de burlas!”. Intervino Ximena, la hija de Don Jaime. “¡Papá!, ¡papá!, es hora de su inyección de insulina”. “Lo cierto es que a nuestro filósofo lo fuimos a recoger la semana pasada a Trapichito”, dijo Potte. “Estaba deshidratado por el sol; consumido por la demencia. El comentario de “El Corrillo” es que lo vieron vagar horas y horas indeciso en el cruce entre Rivera y Campoalegre.

II

Cuando llegamos al barrio Santa Inés sentimos un aire de soledad. En la casa de Don Jaime no había ni un alma. La sala estaba atiborrada de botellas de cerveza desocupadas. Las fichas de dominó yacían en desorden sobre la mesita de juego. Después de escrutar la sala, de llamar varias veces al viejo sin respuesta alguna, salimos al parque. Con un gesto de asombro mi esposa me señaló un gentío que estaba aglomerado frente a la casa de Eutimio. Por el corrillo, Doña Flor y Doña Gladis supimos que habían encontrado el cuerpo de Eutimio en las afueras de Neiva, cerca del puente Santander como quien va para Palermo. Lo encontraron tirado en un rastrojo con muestras evidentes de tortura. 

Don Jaime, en medio de su ebriedad, nos saludó con un guiño afligido y aprovechando que la rezandera contratada por la familia iniciaba el rosario por el alma del difunto, nos llamó afuera, y aparte, nos contó con detalles las últimas locuras de Eutimio: “Después de dejar el hospital por la crisis de esquizofrenia, se adueñó de las plazoletas de la gobernación y del parque Santander. Con su verbo incendiario empezó por echarle la culpa de los males del país, a Gaitán, por haberse dejado matar antes de tiempo. Llamó “cuervos” a los “cacaos” porque desangran al país. Su demencia sobrepasó los límites el día que le echó pestes a la subversión, dizque porque su gobierno era tan malo como el de los godos y el de los liberales. Insultaba por igual a todo aquel que representara el poder. Potte se cagaba de la risa cada vez que le contábamos aquellos disparates”. 

Ya en la casa, Don Jaime desocupó una cerveza y se durmió. Entonces fue Júnior, bajo la sombra de los árboles del parque quien nos puso al tanto de las últimas andanzas de Eutimio:

“Don Hernán trajo el cuento hace un mes. Contó que la última vez que lo vio fue en el tropel de los vendedores ambulantes en la plaza de Los Libertadores. No pudo explicar cómo se infiltró en la protesta. Dijo que lo vio transformado, enloquecido, rojo por el sol del mediodía; corriendo como un demente y arengando con voz ronca en medio de los gases lacrimógenos. Por último, se subió a la estatua del toro. Colgó de los cuernos la bandera nacional, y como un lunático invocó a Bolívar dizque para que encabezará una segunda independencia”. 

 

III

El día del sepelio, mientras el cadáver de Eutimio era acomodado en la funeraria todos fuimos sorprendidos por una corona que lucía un texto insólito: “Si pienso, luego existo”. Nadie supo dar explicación del remitente. Alguien trató de quitarla, pero la patota del barrio se lo impidió. Hoy, seis meses después, este epitafio sobresale con letras doradas en una lápida, que tampoco nadie sabe quién la mandó a hacer. 


viernes, 16 de agosto de 2013

PRODUCCIÓN LITERARIA: POESIA


ALEGRÍA  DE  MARINO


Como un velero oxidado, yací encallado en arrecifes lejanos, respirando atmósferas pesadas y sangrando de amor por el costado.

Mis soles morían al nacer, y mis lunas eran sepultadas por aludes de sombras… vivías, sólo en mis sueños.

Un día, y como si una deidad hubiera intercedido por mí,  las aguas me  trajeron fragancias de plantas exóticas que  olían  a ti. Entonces, como Odiseo, tras Penélope, removí montañas de arena, icé  en las alturas mi bandera, hinché de aire mis velas y guiado por aves marinas que me hablaban de ti, navegué mares desconocidos, te busqué  en los cinturones insulares y con alegría de marino, te  divisé en tierra firme.

Entonces te amé en mi silencio, como nunca antes he amado.


José  Luís Avilés Rivera

14/ Dic /1987






EL ARCO IRIS

(Poema)



Sois la rodaja de luz multicolor atrapada entre la lluvia, el puente de colores que se extiende en el cielo que despierta el canto de las aves, el tañer de la lira, el sueño de las musas.

Sois el arco dorado que nos legó cupido el día que murieron los dioses, el símbolo del pacto divino con la humanidad.

Sois la manifestación del arte más puro y sublime, una obra maestra que sólo la lluvia puede crear.

Sois el anillo de luz, de poesía, de amor; la rendija a través de la cual miro el futuro.

Sois, mi hijo, mi arco iris, mi utopía, mi alegría; un tesoro que siempre guardo en mi corazón.



Para mis hijos Vladimir y Camilo con   mucho amor

Abril 20 de 1993




domingo, 14 de julio de 2013

BLOG LITERARIO "LA LIRA DE ORFEO"




Orfeo



Orfeo es un personaje de la antigua mitología griega, famoso por su virtuosa habilidad para tocar la lira o kithara. Su música podía encantar a los animales salvajes del bosque, e incluso los arroyos se detenían y los árboles se inclinaban un poco más para escuchar su sublime canto. También fue un poeta de renombre, viajó con Jasón y los argonautas en busca del vellocino de oro, e incluso descendió al inframundo de Hades para rescatar a su difunta esposa Eurídice. Orfeo era considerado el jefe de una tradición poética conocida como orfismo en la que, según algunos estudiosos, los adeptos realizaban ciertos rituales y componían o leían poemas, textos e himnos, que incluían una visión alternativa de los orígenes de la humanidad. Orfeo aparece ampliamente referenciado en todas las formas del arte griego antiguo, desde la cerámica hasta la escultura.

Familia

Orfeo gozaba de un excelente linaje musical, ya que su madre era la musa Calíope y aprendió sus grandes habilidades de su padre, el dios Apolo, el mejor músico de todos. Se considera que el padre mortal de Orfeo era el rey Eagro (o Eagros) de Tracia, de donde los griegos creían que también procedía la lira. El hermano de Orfeo era el desafortunado Lino (Línos) de Argos, el inventor del ritmo y la melodía, que fue el maestro de kithara de Hércules, y fue asesinado por este famoso alumno después de reprenderlo en exceso. Orfeo también transmitió sus habilidades musicales, especialmente como tutor del rey Midas, el mítico rey de Frigia cuyo toque convertía todo en oro. En algunos mitos, Orfeo tuvo un hijo, Leó, que fue considerado el fundador de los leóntidas atenienses.

ORFEO CALMABA LOS MARES CON SU CANTO CAUTIVADOR Y ENCANTABA A LAS TERRIBLES SIRENAS QUE ATRAÍAN A LOS MARINEROS A LA MUERTE.

Los argonautas

Orfeo visitó Egipto, pero luego regresó a Grecia para formar parte de la expedición de Jasón para encontrar el vellocino de oro en Cólquida, en el Mar Negro. El talentoso artista no solo entretenía a los argonautas, sino que también marcaba el tiempo a los remeros del barco de Argo e incluso ponía fin a algunas peleas de borrachos entre los marineros con sus delicadas notas. También se decía que calmaba los mares con su canto cautivador y encantaba a las terribles sirenas que atraían a los marineros a la muerte. La historia es un ejemplo temprano de la fe de los antiguos griegos en los poderes mágicos de la música.




Eurídice en el Hades

Orfeo se casó con Eurídice (también conocida como Agríope); sin embargo, su felicidad duró poco, ya que Eurídice fue mordida en el tobillo por una serpiente venenosa cuando intentaba escapar de un atacante, el semidiós Aristeo. Según algunas versiones, Eurídice murió en su noche de bodas. Angustiado, Orfeo siguió a su amor hasta el Hades, el inframundo griego, y con su música encantó a Caronte, el barquero, y a Cerbero, el temible perro que custodiaba las entradas, para que le permitieran adentrarse en el reino de las sombras. Al encontrarse con Perséfone, la esposa del dios Hades, suplicó a la diosa con su canto que liberara a Eurídice y le permitiera volver a la tierra de los vivos. Hades, que gobernaba el Inframundo, apareció entonces y, conmovido por la propuesta de Orfeo de que, si Eurídice no podía ser liberada, él mismo se quedaría en el Inframundo, el dios accedió a su liberación. Sin embargo, había una condición. La sombra de Eurídice seguiría a Orfeo en el camino a la salida del Hades, pero si él volvía su mirada hacia Eurídice, ella permanecería para siempre en el mundo de los muertos. Encantado, Orfeo aceptó esta sencilla condición, pero mientras caminaba por las sombras del Hades y no oía ni una sola pisada por detrás, empezó a dudar de que Eurídice siguiera allí. Entonces, casi en el umbral del mundo de la luz y la felicidad, el dudoso Orfeo miró hacia atrás. Allí estaba la sombra de Eurídice, pero tan pronto como sus ojos se encontraron, la muchacha se desvaneció. Desesperado, Orfeo caminó hacia la luz del día y se desplomó, su dolor no le permitía comer ni beber. Finalmente, recobró la cordura y vagó por los bosques de Tracia, pero rehuyó la compañía humana y nunca volvió a cantar ni a tocar su lira.

SE DICE QUE LA CABEZA DE ORFEO, QUE AÚN SUSURRABA EL NOMBRE DE SU AMANTE, APARECIÓ EN LA ISLA DE LESBOS.

Las ménades y su muerte

Sin embargo, la miseria de Orfeo no tardó en acabar cuando un grupo de frenéticas ménades (las seguidoras de Dioniso, el dios del vino) se abalanzó sobre él. Lo apedrearon y lo despedazaron por su falta de alegría (o su rechazo hacia las mujeres y preferencia sexual por los hombres, según algunas interpretaciones). En algunas versiones del mito, Dioniso había enviado a sus seguidores a realizar esta terrible tarea porque Orfeo había predicado al pueblo de Tracia que Apolo, y no Dioniso, era el dios más importante. Es interesante señalar que, en la Edad de Bronce, los sacerdotes fugitivos de Egipto se establecieron en el norte del Egeo y trajeron consigo el culto al dios del sol Amón. Esto también explica el elemento de la historia de Orfeo que una vez visitó Egipto. Según Plutarco (c. 45-50 - c. 120-125 d.C.), se castigó a las ménades por su crimen convirtiéndolas en árboles. Otras mujeres tracias hacían que sus maridos les tatuaran el cuerpo como advertencia para que no repitieran ese crimen, una práctica cultural en la región que se extiende desde la antigüedad hasta los tiempos modernos.

Muerte de Orfeo



Todo esto no benefició a Orfeo, por supuesto, y las extremidades del desafortunado músico se llevaron al mar (o se enterraron al pie del monte Olimpo) mientras que su cabeza, que aún susurraba el nombre de su amante, se dice que fue arrastrada hasta la isla de Lesbos, donde las Musas la enterraron. En este lugar, también construyeron un santuario en el que los pájaros cantaban de tal manera que recordaban el fabuloso talento perdido de Orfeo. En otra versión de los hechos, la cabeza de Orfeo se convirtió en un oráculo de Apolo, pero el dios se cansó pronto de la competencia con sus demás oráculos en Delfos y otros lugares, y la sepultó. Según algunos relatos, la lira del gran músico fue destrozada por las ménades, mientras que en otras versiones, aparece en Lesbos, descubierta por un pescador, y entregada a Terpandro, el famoso músico y poeta de la isla del siglo VII a.C. En una de las versiones alternativas, Zeus convirtió la lira de Orfeo en una constelación como reconocimiento permanente a un gran don musical.

Orfismo

Incluso los propios griegos de la antigüedad no se ponían de acuerdo sobre si Orfeo había existido de una forma u otra y había escrito poemas que sobrevivieran. Por ejemplo, tanto el historiador Heródoto (c. 484 - 425/413 a.C.) como el filósofo Aristóteles (384-322 a.C.) niegan que Orfeo haya escrito poemas hexamétricos. Sin embargo, hubo una especie de movimiento que los eruditos modernos denominan orfismo, cuyo significado aún se debate. Algunos historiadores creen que solo el nombre de Orfeo vinculaba a varios poetas y practicantes de rituales; otros sugieren que era sólo un aspecto de los cultos mistéricos centrados en Dioniso, mientras que otros sugieren que se formaron comunidades con textos (Órfica) y ritos específicos. Este último punto de vista ha sido apoyado recientemente por hallazgos arqueológicos como el Papiro de Derveni —que menciona un grupo específico de deidades órficas—, una serie de láminas de oro del año 400 a.C. (procedentes del norte de Grecia, Creta y el sur de Italia) en las que se encuentran inscritas instrucciones sobre cómo debe comportarse el alma en el inframundo, y unas tablas de hueso del siglo V a.C. descubiertas en Olbia (Crimea).

Los textos que estos adeptos del orfismo veneraban y producían incluían poemas, ritos e himnos, que a menudo describen los orígenes de los dioses y con frecuencia contienen referencias al secretismo y al significado oculto. Los orígenes de la humanidad se cuentan de forma diferente a otras obras de la literatura griega, como la Teogonía de Hesíodo (c. 700 a.C.). En la tradición órfica, los Titanes (persuadidos por Hera) cocinan y se comen a Dioniso, el hijo de Zeus, y por ello son castigados por Zeus con sus rayos. Mientras que Dioniso renació de la única parte original que quedaba del dios —su corazón—, la humanidad surgió del polvo de los titanes. Sin embargo, ahora los humanos deben expiar tanto el crimen de sus progenitores como esa mancha «titánica» en su carácter que han heredado de ellos. La expiación debe hacerse en esta vida —mediante rituales de purificación— para estar preparados para la siguiente. La idea de una faceta negativa inherente a la naturaleza humana y la necesidad de expiarla de algún modo influyó en las religiones posteriores, especialmente en el cristianismo. Una minoría de estudiosos sugiere que esta interpretación de los orígenes de la humanidad y sus consecuencias, que difiere de la teogonía griega más conocida y aceptada, es meramente moderna, pero hay referencias a ella en varios escritores antiguos, desde Platón (c. 428 - c. 347 a.C.) hasta Plutarco.

En el arte y la cultura

Aparte de la música, Orfeo fue considerado el primer poeta griego que pasó el manto artístico al mítico cantante y poeta Museo, quien, a su vez, lo transmitió a los más conocidos Hesíodo y Homero. Tanto el filósofo Platón (Protágoras y Apología) como el escritor de comedias griegas Aristófanes (c. 460 - c. 380 a.C.) mencionan a Orfeo como tal, aunque de forma bastante negativa, por ejemplo, en las Ranas. A Orfeo también se le atribuyen los poderes de la profecía, y algunas tradiciones le atribuyen la concesión a la raza humana de los dones de la agricultura, la medicina y la escritura.

En el arte griego antiguo, Orfeo suele ser representado con su lira o kithara en la mano y, a partir del siglo IV a.C., se lo ve a veces con un traje tracio. En la cerámica de figuras rojas, son populares las escenas del mito de Eurídice, así como las escenas de la muerte del músico, atacado por mujeres feroces (aunque, curiosamente, ninguna tiene los atributos de las ménades).

World History Encyclopedia.