jueves, 7 de agosto de 2014

PRODUCCION LITERARIA: NOVELISTICA . "LA DAMA OTOÑAL" PAGINAS 4, 5 Y 6



que le enviaron años después los norteamericanos del Wisconsin al general Ulpiano Manrique por su buena voluntad como negociador en el problema de la separación de Panamá; Por aquellos días los norteamericanos ignoraban la muerte del general Manrique. La Señorita Manrique lo recibió en su nombre, pero al fracasar en sus múltiples intentos de hacerlo funcionar lo dejo caer en el olvido. Tránsito, la muchacha del servicio, lo encontró treinta y cinco años después amontonado como un trasto más entre los corotos del general. Sin saber cómo, mientras barría y hurgaba con una escoba, aquí y allá, se encontró sin querer con las bisagras oxidadas de una rejilla que daba paso a un sótano. Después se supo que el general Manrique lo había mandado a construir en secreto bajo los cimientos de la casa, como un último recurso de defensa en un eventual ataque de los liberales. 


Cuando Raúl Ruotolo le metió la mano a aquel armatoste atestado de diodos, condensadores, resistencias, tubos al vacío y cableado sinfín, se hizo el propósito de hacerlo funcionar. Un domingo de ramos, a la hora del desayuno y después de varios días de hacerle todo tipo de injertos electrónicos, el italiano logró hacerlo sonar. Las mujeres que estaban desayunando en el comedor formaron un gran alboroto. Colmadas por el júbilo se tiraron entre sí las almojábanas que se estaban comiendo. Quebraron algunos platos y terminaron saltando y abrazándose en medio de su griterío en la sala de estar. Minutos después, cuando el italiano les confirmó que la voz senil que salía del parlante era la del mismísimo papa Pío XI, desde Roma, sus arranques de euforia se transformaron en un llanto quedo en la cocina.

 

La señorita Manrique estaba ensimismada refregándose la espalda con su estropajo de siempre cuando escuchó al locutor de la emisora La Voz de la Víctor, desde Bogotá: “Ayer en las horas de la noche, y con mucho júbilo por parte de la hinchada carioca, se celebró en el estadio Maracaná de Río de Janeiro un encuentro de exhibición entre la selección Brasil, que unos meses atrás había ganado el tricampeonato de Fútbol en Ciudad de México, con una selección de los mejores jugadores del resto del mundo; Pelé fue la sensación”. “¡Todavía siguen con esa joda!”, rezongó. Se encismó por un par de minutos oyendo el chirrido del agua escurriéndose por entre las rendijas del sifón, hasta que como un flas back no pudo dejar de recordar la cara delfa y picara que puso el Libanes Jorge Chalela en su tienda, la tarde anterior. Lo vio jovial y alardear detrás de su mostrador. A pesar que se esforzó por engatusarla con todas las maravillas que ofrecía, sólo consiguió convencerla de las bondades medicinales del jabón Reuter. Reaccionó con una extraña prontitud pegando la oreja en la puerta del baño cuando escuchó al locutor haciendo referencia a las elecciones presidenciales, “Por fin y después de casi cinco meses de puja por los resultados de los escrutinios el candidato de la Alianza Nacional Popular, el ilustrísimo general de la república, Gustavo Rojas Pinilla, aceptó su derrota”. “¡Era de esperarse!”, gritó la señorita Manrique mientras se quitaba la espuma de jabón que le cubría sus ojos azules. Luego gritó con sectarismo: “¡Tenemos presidente! ¡Tenemos presidente!… ¡ahora sí que se escondan los hijueputas Cachiporros!”  Lo dijo con voz saturada de arrogancia mientras sajaba de un puñetazo el chorro de agua fría de la ducha. Metió la cabeza en el chorro de agua, y con ello, y el ruido, ya no pudo escuchar los comentarios que hacían los locutores con respecto al recibimiento ostentoso, que el presidente de Estados Unidos, Richard M. Nixon, les daba en la Casa Blanca a los tres astronautas norteamericanos del Apolo XI, quienes, meses atrás habían ido y vuelto de la Luna; acto que según el editorial del New York Time, consistía en una cortina de humo, una estratagema política con la cual el presidente Nixon pretendía, no sólo mantener su gobernabilidad, sino distraer a la opinión pública norteamericana minimizando las fuertes manifestaciones que en algunos estados de Estados Unidos, especialmente en Kent State, se estaban dando a diario en contra de la invasión de EEUU a Camboya y Laos. También la masacre de civiles de My Lai en Vietnam. Tampoco pudo oír sobre el hostigamiento guerrillero de las FARC en los municipios de Colombia y Algeciras en el Huila, Chaparral en el Tolima, y del ELN en la región del Catatumbo en Norte de Santander. En ese momento, una ráfaga de viento sacudió con violencia los árboles del patio. Se metió agresivamente en la casa. Zarandeó los helechos marchitos que colgaban de las vigas apolilladas en el corredor. Tumbó el radio que estaba sobre el anaquel en un rincón de la

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