jueves, 7 de agosto de 2014

PRODUCCIÓN LITERARIA: CUENTISITICA





NN

La causa de la libertad se convierte en una burla si el precio a pagar es la destrucción de quienes deberían disfrutar la libertad. Mahatma Gandhi


I

Estábamos como siempre un puñado de estudiantes hablando paja en el parque. Mi reloj marcaba las cuatro de la tarde cuando las volquetas del Municipio entraron haciendo un ruido espantoso y pararon en seco frente al Palacio Municipal dejando un hedor penetrante a llanta quemada que nos salpico a todos.Sin pensarlo, corrimos hacia la volqueta, porque todo el mundo corría para allá. Don Abel, uno de los conductores ayudó a los agentes de policía a bajar a los muertos tendiendolos uno al lado del otro sobre el andén del atrio del templo; lucían aún sus uniformes camuflados y sucios por el invierno. Con actitud chismosa les miramos sus caras igualmente sucias por la guerra. Todos nos resultaron desconocidos, salvo para Chispum quien siempre aparecía en donde menos se la esperaba, comentó que el alto parecía ser “el chivo”, pero después de unos minutos se dio por vencida. Con el que no tuvimos problemas por identificar fue el muerto que lucía de civil. “Ése es don Justino”, dijo don Luis Amador. “Con éste van diez civiles muertos en quince días”, dijo Chispum. “¡Dios santo! ¡Dios santo! ¿Quién sabe cuándo terminará este rosario de muertes?”, gritó una anciana beata que sin darnos el rostro y camándula en mano se perdió en el interior del templo. “Esperemos que éste sea el último muerto”, volvió a agregar Chispum, y se perdió entre los curiosos. 

II

Cuando Don Justino apareció en el recodo del potrero venía arreando con la ayuda de su perro Nerón, la docena de vacas de ordeño que se dejaban conducir con displicencia. Volteó la mirada hacia el fondo y Baraya lo sorprendió con sus luminarias desteñidas por las primeras luces del alba. Mientras las vacas llegaban al corral se quedó embelesado viendo retazos del pueblo en medio de la niebla. Abajo, entre el efluvio de café que expelía el pueblo iban tomando forma la cúpula de la iglesia, la galería de mercado, el Palacio Municipal, el colegio Antonio Baraya, y, en el extremo, a la salida para Villavieja, don Justino se imaginó las luces rojas que deberían estar aún prendidas en las casas de lenocinio del sector de Raspa. Entonces recordó a “la Pinga”, la única prostituta oficial que ha dado el pueblo, y que, según él, el fin de semana anterior se la había gozado en el charco del Pindal. “¡Qué vieja!”, se le escuchó decir. 

Sin voltear a mirar bajó raudo por un desecho en medio de la niebla cantando vallenatos clásicos hasta llegar al corral. En medio de su concierto costeño ordeñó las vacas, las llevó al comedero, le echó el cuajo a la leche, puso a escurrir sus botas pantaneras; fue a la cocina y le atizó al fogón que amenazaba con extinguirse. Cansado se sentó en un taburete a tomarse su habitual café negro. Estaba siguiendo el vuelo bullicioso de una escuadra de loros que venía del sur cuando unos montículos que se movían como hormigas sobre un tramo de la carretera llamó su atención. Agudizó la vista hasta verlos convertirse en hombres y luego romper la cerca y adentrarse en el cafetal. “¡Qué vaina!”, se dijo, “me tienen jarto estos vagabundos… ¿Serán paracos?… ¿Guerrilla?… ¿O el ejército? ¡Qué jartera!... ¡Lo cierto es que unos y otros no dejan trabajar!”.  


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