jueves, 7 de agosto de 2014

NOVEDADES LITERARIAS 2014


NOVEDADES LITERARIAS  2014
  1. El juego de Ripper" de Isabel Allende
  2. "El francotirador paciente" de Arturo Pérez-Reverte
  3. "Colorless Tsukuru Tazaki and His Years of Pilgrimage" de Haruki Murakami
  4. "Revival" de Stephen King
  5. "The Book of Life" de Deborah Harkness
  6. "We Were Liars" de E. Lockhart
  7. "The Invention of Wings" de Sue Monk Kidd
  8. "The Goldfinch" de Donna Tartt
  9. "Gone Girl" de Gillian Flynn
  10. "All the Light We Cannot See" de Anthony Doerr

PRODUCCION LITERARIA: NOVELISTICA . "LA DAMA OTOÑAL" PAGINAS 4, 5 Y 6



que le enviaron años después los norteamericanos del Wisconsin al general Ulpiano Manrique por su buena voluntad como negociador en el problema de la separación de Panamá; Por aquellos días los norteamericanos ignoraban la muerte del general Manrique. La Señorita Manrique lo recibió en su nombre, pero al fracasar en sus múltiples intentos de hacerlo funcionar lo dejo caer en el olvido. Tránsito, la muchacha del servicio, lo encontró treinta y cinco años después amontonado como un trasto más entre los corotos del general. Sin saber cómo, mientras barría y hurgaba con una escoba, aquí y allá, se encontró sin querer con las bisagras oxidadas de una rejilla que daba paso a un sótano. Después se supo que el general Manrique lo había mandado a construir en secreto bajo los cimientos de la casa, como un último recurso de defensa en un eventual ataque de los liberales. 


Cuando Raúl Ruotolo le metió la mano a aquel armatoste atestado de diodos, condensadores, resistencias, tubos al vacío y cableado sinfín, se hizo el propósito de hacerlo funcionar. Un domingo de ramos, a la hora del desayuno y después de varios días de hacerle todo tipo de injertos electrónicos, el italiano logró hacerlo sonar. Las mujeres que estaban desayunando en el comedor formaron un gran alboroto. Colmadas por el júbilo se tiraron entre sí las almojábanas que se estaban comiendo. Quebraron algunos platos y terminaron saltando y abrazándose en medio de su griterío en la sala de estar. Minutos después, cuando el italiano les confirmó que la voz senil que salía del parlante era la del mismísimo papa Pío XI, desde Roma, sus arranques de euforia se transformaron en un llanto quedo en la cocina.

 

La señorita Manrique estaba ensimismada refregándose la espalda con su estropajo de siempre cuando escuchó al locutor de la emisora La Voz de la Víctor, desde Bogotá: “Ayer en las horas de la noche, y con mucho júbilo por parte de la hinchada carioca, se celebró en el estadio Maracaná de Río de Janeiro un encuentro de exhibición entre la selección Brasil, que unos meses atrás había ganado el tricampeonato de Fútbol en Ciudad de México, con una selección de los mejores jugadores del resto del mundo; Pelé fue la sensación”. “¡Todavía siguen con esa joda!”, rezongó. Se encismó por un par de minutos oyendo el chirrido del agua escurriéndose por entre las rendijas del sifón, hasta que como un flas back no pudo dejar de recordar la cara delfa y picara que puso el Libanes Jorge Chalela en su tienda, la tarde anterior. Lo vio jovial y alardear detrás de su mostrador. A pesar que se esforzó por engatusarla con todas las maravillas que ofrecía, sólo consiguió convencerla de las bondades medicinales del jabón Reuter. Reaccionó con una extraña prontitud pegando la oreja en la puerta del baño cuando escuchó al locutor haciendo referencia a las elecciones presidenciales, “Por fin y después de casi cinco meses de puja por los resultados de los escrutinios el candidato de la Alianza Nacional Popular, el ilustrísimo general de la república, Gustavo Rojas Pinilla, aceptó su derrota”. “¡Era de esperarse!”, gritó la señorita Manrique mientras se quitaba la espuma de jabón que le cubría sus ojos azules. Luego gritó con sectarismo: “¡Tenemos presidente! ¡Tenemos presidente!… ¡ahora sí que se escondan los hijueputas Cachiporros!”  Lo dijo con voz saturada de arrogancia mientras sajaba de un puñetazo el chorro de agua fría de la ducha. Metió la cabeza en el chorro de agua, y con ello, y el ruido, ya no pudo escuchar los comentarios que hacían los locutores con respecto al recibimiento ostentoso, que el presidente de Estados Unidos, Richard M. Nixon, les daba en la Casa Blanca a los tres astronautas norteamericanos del Apolo XI, quienes, meses atrás habían ido y vuelto de la Luna; acto que según el editorial del New York Time, consistía en una cortina de humo, una estratagema política con la cual el presidente Nixon pretendía, no sólo mantener su gobernabilidad, sino distraer a la opinión pública norteamericana minimizando las fuertes manifestaciones que en algunos estados de Estados Unidos, especialmente en Kent State, se estaban dando a diario en contra de la invasión de EEUU a Camboya y Laos. También la masacre de civiles de My Lai en Vietnam. Tampoco pudo oír sobre el hostigamiento guerrillero de las FARC en los municipios de Colombia y Algeciras en el Huila, Chaparral en el Tolima, y del ELN en la región del Catatumbo en Norte de Santander. En ese momento, una ráfaga de viento sacudió con violencia los árboles del patio. Se metió agresivamente en la casa. Zarandeó los helechos marchitos que colgaban de las vigas apolilladas en el corredor. Tumbó el radio que estaba sobre el anaquel en un rincón de la

PRODUCCIÓN LITERARIA: CUENTISITICA





NN

La causa de la libertad se convierte en una burla si el precio a pagar es la destrucción de quienes deberían disfrutar la libertad. Mahatma Gandhi


I

Estábamos como siempre un puñado de estudiantes hablando paja en el parque. Mi reloj marcaba las cuatro de la tarde cuando las volquetas del Municipio entraron haciendo un ruido espantoso y pararon en seco frente al Palacio Municipal dejando un hedor penetrante a llanta quemada que nos salpico a todos.Sin pensarlo, corrimos hacia la volqueta, porque todo el mundo corría para allá. Don Abel, uno de los conductores ayudó a los agentes de policía a bajar a los muertos tendiendolos uno al lado del otro sobre el andén del atrio del templo; lucían aún sus uniformes camuflados y sucios por el invierno. Con actitud chismosa les miramos sus caras igualmente sucias por la guerra. Todos nos resultaron desconocidos, salvo para Chispum quien siempre aparecía en donde menos se la esperaba, comentó que el alto parecía ser “el chivo”, pero después de unos minutos se dio por vencida. Con el que no tuvimos problemas por identificar fue el muerto que lucía de civil. “Ése es don Justino”, dijo don Luis Amador. “Con éste van diez civiles muertos en quince días”, dijo Chispum. “¡Dios santo! ¡Dios santo! ¿Quién sabe cuándo terminará este rosario de muertes?”, gritó una anciana beata que sin darnos el rostro y camándula en mano se perdió en el interior del templo. “Esperemos que éste sea el último muerto”, volvió a agregar Chispum, y se perdió entre los curiosos. 

II

Cuando Don Justino apareció en el recodo del potrero venía arreando con la ayuda de su perro Nerón, la docena de vacas de ordeño que se dejaban conducir con displicencia. Volteó la mirada hacia el fondo y Baraya lo sorprendió con sus luminarias desteñidas por las primeras luces del alba. Mientras las vacas llegaban al corral se quedó embelesado viendo retazos del pueblo en medio de la niebla. Abajo, entre el efluvio de café que expelía el pueblo iban tomando forma la cúpula de la iglesia, la galería de mercado, el Palacio Municipal, el colegio Antonio Baraya, y, en el extremo, a la salida para Villavieja, don Justino se imaginó las luces rojas que deberían estar aún prendidas en las casas de lenocinio del sector de Raspa. Entonces recordó a “la Pinga”, la única prostituta oficial que ha dado el pueblo, y que, según él, el fin de semana anterior se la había gozado en el charco del Pindal. “¡Qué vieja!”, se le escuchó decir. 

Sin voltear a mirar bajó raudo por un desecho en medio de la niebla cantando vallenatos clásicos hasta llegar al corral. En medio de su concierto costeño ordeñó las vacas, las llevó al comedero, le echó el cuajo a la leche, puso a escurrir sus botas pantaneras; fue a la cocina y le atizó al fogón que amenazaba con extinguirse. Cansado se sentó en un taburete a tomarse su habitual café negro. Estaba siguiendo el vuelo bullicioso de una escuadra de loros que venía del sur cuando unos montículos que se movían como hormigas sobre un tramo de la carretera llamó su atención. Agudizó la vista hasta verlos convertirse en hombres y luego romper la cerca y adentrarse en el cafetal. “¡Qué vaina!”, se dijo, “me tienen jarto estos vagabundos… ¿Serán paracos?… ¿Guerrilla?… ¿O el ejército? ¡Qué jartera!... ¡Lo cierto es que unos y otros no dejan trabajar!”.  


miércoles, 13 de noviembre de 2013

PRODUCCION POETICA




HOMBRE 1

(Poema)


¡OH ¡pobre de ti, que cabalgas ebrio de orgullo sobre tu especie.

Que has levantado las pirámides y los rascacielos con sudor y sangre.

Que arrastras tus harapos tras el oro y te rindes dócilmente ante los dogmas.

Que has rasgado con telescopio el universo sin conocer tu universo. Que como depredador has circundando el suelo de la tierra y de la luna.

¡Oh! pobre de ti que arrastras como reptil tu cuerpo de trapo y tus pies de arcilla.Que quieres volar, pero con alas de pingüino.  

¡Oh ¡pobre de ti, que te empeñas en alcanzar las alturas con espíritu de arenisca y de fango.Que deambulas como hormiga sonámbula, sin  luz y sin transformar el norte de tu universo.


José Luís Avilés Rivera

16  de enero de 1984


NOTICIAS LITERARIAS: PREMIO NOBEL 2013

La concesión del Premio Nobel de Literatura 2013 a la escritora canadiense Alice Munro, reconocida por sus cuentos cortos



ALICE MUNRO

Alice Ann Munro (nacida Alice Ann Laidlaw; Wingham, 10 de julio de 1931) es una cuentista canadiense. Considerada una de las escritoras actuales más destacadas en lengua inglesa, la «Chéjov canadiense». 

        Trabajos importantes: Julieta, Hateship Loveship, Lejos de ella, Runaway - IMDb

Autor de: Runaway (book), Lives of Girls and Women, Dear Life, Demasiada Felicidad, Who Do You Think You Are(book), Dance of the Happy Shades, The Love of a Good Woman, The View from Castle Rock, The Moons of Jupiter, El amor de una mujer generosa



RESEÑA DEL CUENTO "LA TEMPORADA DEL PAVO"


El cuento "La temporada del pavo" ("Turkey Season" en inglés) de Alice Munro es parte de su colección de cuentos "The Love of a Good Woman" (El amor de una mujer generosa), publicada en 1998.

El cuento comienza con una joven llamada Garnet, que trabaja como empleada de una casa en una ciudad pequeña en Ontario, Canadá. Garnet tiene una amistad con un hombre casado llamado Sam, quien es el dueño de una carnicería y a quien ella visita regularmente en el trabajo. La esposa de Sam, Addie, sospecha que hay algo inapropiado entre ellos y trata de alejar a Garnet, pero Sam sigue visitando a Garnet en su casa de huéspedes y le trae un pavo para la cena de Acción de Gracias.

En el transcurso del cuento, Munro explora las complejas dinámicas de poder y deseo en una pequeña comunidad rural. Garnet se siente atraída por Sam, pero también siente simpatía por Addie, quien ha perdido a su hijo y está luchando con la depresión. La tensión entre Garnet, Sam y Addie llega a un punto crítico durante la cena de Acción de Gracias, cuando Garnet le dice a Addie que ella y Sam son "sólo amigos". La situación se intensifica aún más cuando Garnet descubre que Addie ha estado coleccionando objetos personales de Garnet, lo que la lleva a replantearse su relación con Sam y su papel en la vida de la pareja.

El cuento es una meditación sobre la complejidad de las relaciones humanas y las consecuencias de las acciones impulsivas. Munro es una maestra en el arte de crear personajes complejos y convincentes, y en "La temporada del pavo" logra capturar la tensión emocional y psicológica entre los personajes con gran precisión y empatía.

PRODUCCIÓN LITERARIA: NOVELISTICA LA DAMA OTOÑAL (Novela) PÁGINAS 1 A 3


LA DAMA OTOÑAL 

(Novela)

Neiva – 2008  - 2023

BY JOSE LUIS AVILES RIVERA




CAPÍTULO I


Cuando se decidió a salir del baño, sus ojos, por las cataratas, más blancos que azules, mostraban el brillo quebradizo e inconfundible que ponen las mujeres apasionadas



Dicen que dicen, que cuando “El Corrillo” pasó por la ciudad pregonando la muerte de la señorita Manrique, Neiva hervía de calor. Que bajo el sopor que lo agobiaba, este personaje colectivo, multiforme, polifónico, anónimo y mítico que siempre ha existido en el imaginario de Neiva no se quedó ahí, fue más allá; como un preámbulo contó que aquella madrugada lluviosa del lunes 23 de septiembre de 1970, día del equinoccio de otoño en el hemisferio norte, la señorita María Manrique Santacoloma se había despertado sobresaltada por el revoloteo insoportable de una enorme mariposa negra que daba vueltas, atolondrada, en la oscuridad del cuarto. Que carcomida por el agüero y después de acomodarse el camisón que fulguraba en la penumbra, desde la cama, agobiada por la artritis, había tomado  a tientas la linterna que mantenía sobre la mesita de noche y empujada por la superstición y en medio de su ceguera se había ensañado tanto contra el insecto, a tal punto que no le importaron los tropezones que se dio contra los enseres del cuarto, y por el contrario, lo había perseguido sin descanso por más de media hora. Que cansada, con el cuerpo lacerado y sudando frío, se había sentado resignada en la cama renunciado a seguir persiguiendo al insecto, pero que cuando éste hizo una parada en la baranda de la cama, sin pensarlo, por simple intuición, la señorita Manrique lo había destrozado de un chancletazo ensuciando con ello el piso del cuarto con una mancha negra. Que agitada por el esfuerzo se había estirado de nuevo en la cama y había permanecido varios minutos inmóvil como muerta.

 Lo que no alcanzó a contar “El Corrillo” fue que media hora después, en camisola y con la cabeza cubierta con una pañoleta oscura trató de alcanzar la ducha, pero llegó sólo hasta el corredor; la detuvo la brisa helada del patio que le abrumaba las piernas y el horror que le produjo ver los pisos de la sala y el corredor cubiertos y sucios por una colcha negra de avispas y escarabajos muertos. No recuerda como los barrió y los amontonó junto a un helecho moribundo que aparecía arrumado en un rincón del corredor. Intimidada regresó a su alcoba con paso cansino arrastrando más que sus chancletas mojadas el peso de su larga vida. Llegó imbuida en un monólogo ininteligible. Remilgó con ademanes grotescos por sus fallidos intentos de encender las veladoras de su altar centenario. Malgeniada anduvo como sonámbula en la sala. Cuchicheo por varios minutos con el árbol genealógico de la familia Manrique que había resistido el terremoto del 67 y que permanecía aun sobre una de las paredes de la sala de estar. Luego, empujada por la cistitis y soportando la humedad y la briza fría que le fastidiaba las piernas atravesó el patio. Ya estaba cerca del baño cuando cayó en la cuenta que había pasado por debajo de una escalera, que, quién sabe quién y desde cuándo la habían dejado reclinada sobre una de las paredes del silo, en donde otrora se almacenara la cosecha de cacao y de tabaco. Se echó pestes. Movida por sus agüeros desanduvo el camino pisando charcos. Se santiguó varias veces y lo reinició esquivando la escalera. Cuando se encontró justo enfrente de la puerta del baño, al mirar el cielo, no pudo impedir que se le erizara la piel. Éste, estaba como lo había visto 45 años atrás, manchado por un cúmulo gigante de nubes negras. Entonces la asaltó el vago presentimiento que ése sería el último día de su vida. 


Ya en la ducha y mientras el agua fría recorría su cuerpo largo y aflojado por los años, cayó en la cuenta que se le había quedado encendido el radio en la sala de estar. Le preocupaban las pilas. Bueno, el radio en referencia era un receptor en creación. Un artefacto electrónico que estimuló la competencia y la guerra de patentes entre las mentes más brillantes del siglo XIX, tales como Armstrong, Maxwell, Hertz, Popov, Tesla y Marconi, entre otros. El radio en cuestión, fue un regalo


martes, 1 de octubre de 2013

PRODUCCIÓN LITERARIA: CUENTÍSTICA


A MANERA DE PRÓLOGO

Betuel Bonilla Rojas


¿Cuál es, solemos preguntarles a nuestros guías literarios, ese libro de cuentos al que podríamos considerar redondo, es decir, aquel en el que todas las piezas encajan a la perfección en un proyecto estético, sin que una pieza u otra desentonen dentro del conjunto? Pregunta difícil esta, suelen responder. Porque todos tenemos, en mayor o menor número, nuestra propia antología del género, casi siempre compuesta por cuentos sueltos, por pequeñas piezas producto de un instante de revelación, de máxima lucidez creativa.

Y dentro de esta pequeña lista de colecciones casi perfectas sobresalen El llano en llamas, de Juan Rulfo; Las armas secretas, de Julio Cortázar; El aleph, de Jorge Luis Borges; Nueve cuentos, de Jerome David Salinger; Si me necesitas, llámame, de Raymond Carver; Misteriosa Buenos Aires, de Manuel Mujica Láinez; El hombre al que amó y otros cuentos, de John Cheever, y algunos libros más. Son pocos, sin duda alguna.

La exigencia del género, la extensión del mismo y la diversidad en los momentos de elaboración hace de todo libro de cuentos un algo extraño, un algo incierto en el que armamos piezas con la meticulosidad de un relojero sin saber muy bien hacia qué lado vayan a parar las agujas. Corremos el riesgo, algo de lo cual está a salvo la novela, por ejemplo, de que si una pequeña pieza del sistema se afecta el sistema todo colapsa, fracasa. Y ese es un riesgo de todo aquel que escribe cuentos, que sigue obstinadamente escribiendo cuentos.

Ya las editoriales nos gritan hasta el cansancio que quieren novelas, que los cuentos pertenecen a un anticuario de románticos obnubilados aún con alcanzar los niveles de esos que acompañaron su formación como lectores. Por eso, ver un conjunto de cuentos completo, con unidad temática y pensado como libro, es un hecho milagroso, es una dura batalla para resistir el formato cinematográfico, que tanto caló en la mente de los editores.

Y lo primero para resaltar en el libro de José Luis, justamente, es su unidad temática. Aquí el sistema funciona a la perfección. Y ese eje transversal es el conflicto, el conflicto en toda su crudeza y barbarie. A veces el conflicto es el protagonista. Vemos entonces sus episodios atroces y sus víctimas. Vemos sangre fluyendo incansable, y calles presenciando batallas fratricidas. Quedan odios circulando, cicatrices que quizás nunca sanen. El escenario es el campo, o las ciudades recién colonizadas por el traslado masivo de campesinos huyendo de la guerra o atraídos por la modernización de los primeros cincuenta años del siglo XX. Pero a veces el conflicto es telón de fondo, y entonces aparecen en primer plano escenas urbanas, modernas, ambientadas en una atmósfera en la que la tecnología se constituye en la realidad más inmediata del hombre. Es decir, entonces, que bien pudiéramos pensar que el tiempo, analizado en su sentido diacrónico, también estructura este conjunto de relatos.

Léase bien, prefiero llamarlos relatos, no cuentos. Hay en ese pequeño giro lingüístico una razón de peso. Quizás los primeros textos: “Eutimio”, “Hostigamiento”, “NN”, “La noche de los panfletos”, “A tientas”, y lo que José Luis llama minicuentos, son en realidad piezas narrativas con una estructura cuentística. En éstos, el conflicto aparece en su dimensión más plena y alcanza momentos de tensión bien elaborados. Sentimos los personajes, nos los imaginamos de carne y hueso, desarraigados, nos entrometemos en esos destinos un tanto aciagos que les tocan. Las demás piezas constituyen una variedad de propuestas, entre anécdotas, viñetas históricas, crónicas o cuadros semicostumbristas, inscritos dentro de una tradición picaresca o de mero divertimento. También se intenta conferirles una estructura cuentística, pero la ejecución impide que esto se realice a plenitud. Noto que cuando el conflicto se hace lejano, como tema y no como tiempo, como simple principio de causalidad o como referencia, lejana o inmediata, los textos pierden en tensión. Pierde el conflicto; pierde el género.

Y en esos primeros ejercicios, a los que yo llamo cuentos auténticos, hay elementos técnicos y conceptuales enlazados con la mejor tradición de la temática. José Luis se vale de recursos harto trajinados pero que le vienen como anillo al dedo para la concreción de sus historias. Claro, es innegable que algunos autores salen inmediatamente como marcas ineludibles. Pero ya Epicuro, y luego Séneca, hablaron de que todo lo bueno hecho por otros nos pertenece. Nos vienen ecos del Rulfo de “Anacleto Morones”, de “La cuesta de las comadres” o de “Nos han dado la tierra”. También aparece García Márquez, el de “Un día de estos” o “La siesta del martes”.  Insisto, esas influencias son molestas, pero resulta imposible evitarlas. Y si están ahí lo mejor es que sirvan, que alienten.

Tal vez “Eutimio” sobresale dentro de este conjunto. Es una pieza mayor, un texto que no se agota en su forma y que aún, heredero de una larga tradición, constituye un ejemplo de cómo asumir con riqueza estilística la materia narrativa. En este cuento el autor se vale de recursos como el diálogo usado en su más aprovechada extensión, el monólogo exterior y la polifonía. Siempre, eso es recurrente en el libro, el narrador, sea en primera o tercera persona, da la impresión de ser apenas un enviado del colectivo, una especie de corifeo arrojado por el resto del coro popular para anunciar la tragedia. Y esa estructura coral es propia de lo rural, y aquí hay un gran acierto en el libro. Por eso insisto en la presencia de Rulfo, en el inteligente juego de voces variadas que tornan ricos varios de los cuentos.

Otros dos aciertos de José Luis como narrador tienen que ver con la denominación de los personajes y la construcción de un plano de conjunto para poner a moverse a sus criaturas. En el primer caso la riqueza fonética de los nombres hace que nos sintamos en un pueblo, que olfateemos la plaza y las veredas llenas de vegetación y animales. Los personajes se llaman Eutimio, o Justino, o son designados con el mote que les ha designado el colectivo. Nada hay tan bien pensado, y eso lo sabe José Luis, como el alias dado por un campesino. El segundo elemento tiene que ver con la manera en que José Luis funda un territorio común a sus criaturas. Vemos a Eutimio, como personaje, hacer parte no de una historia, sino de un mundo, de una realidad más amplia que el simple hecho cuentístico. Claro, eso también lo hizo Balzac con su Lucien de Rubempré, Rastignac o Vautrin, en París; o Faulkner y sus Sartoris, su Temple o su Gavin Stevens, en Yoknapatawpha; o García Márquez y su coronel, en Macondo; o Juan Carlos Onetti y su Larsen, en Santa María. 

Pero en eso no existe incomodidad alguna. Hay momentos en los que nos sentimos parte de un cosmos parcelado por manos humanas. De un lado moran los paramilitares; del otro, los guerrilleros; del otro, las fuerzas del Estado. Y en medio las víctimas, inermes, presas del abandono y las injusticias, de los excesos de todas las fuerzas. Por eso los personajes van y vienen, vuelven en la memoria, se resisten a partir porque acaso fueron despojados a las malas de algo que les pertenecía.

Quizás, pensando en esto último, veo en el libro de relatos de José Luis un tercer eje unificador, un tercer elemento común, una preocupación ética que se asoma en cada historia, en el conjunto. No importa que sobrevenga una derrota, y luego otra; no importa que la modernización nos desintegre, nos saque del núcleo familiar, nos vuelva ajenos a nuestros pueblos y nos globalice sin apenas percatarnos. Nos queda algo, nuestros recuerdos, nuestra memoria, nuestra particular manera de contar, nuestros murmullos colectivos. Sólo eso, parece decir José Luis, el pasado hecho realidad mediante la memoria, nos puede salvar.









EUTIMIO



“Ahí viene de nuevo”, dijo Happy, con la voz ronca por la gripa. “En media hora es la cuarta vez”, agregó Potte sin voltear a mirar.  “Son diez años en lo mismo”, concluyó Don Hernán mientras se alisaba el bigote con los dedos de su mano izquierda.

Todos volteamos a mirar, incluido Don Jaime, quien barajaba las fichas de dominó. Eutimio llegó con paso cansado, portando un blue jeans ordinario y una camisa raída. De su cabeza sobresalía un mechón en desorden. Traía la cara demacrada por el insomnio y los ojos brotados, irritados, pegados al piso. Llegó hasta la casa de Doña Isabel. Se arrimó a la ventana y se hundió en su eterno soliloquio. “Dejémonos de vainas…con tirarle piedras a la luna no sacamos nada…”. “¿Qué dijo?”, preguntó Potte, más con las manos que con las palabras. “El cuento de todos los días”, se burló Junior. “Hace rato se la estaba montando al doctor Laureano Gómez”, intervino Don Jaime con buen humor mientras se acomodaba la prótesis de su pierna derecha. “Pobre Eutimio”, agregó Don Hernán, “las malas juntas y la marihuana se lo tiraron. Él fue el mejor estudiante de su colegio. Pero le quebraron la testa”.

“¡No!, ¡no!, ¡no!, no me tiren al río que me ahogo!... ¡Sí!, ¡sí!, después de mi madre mi profe de tercero es la que más he amado. Era mi ángel de la guarda. Siempre adivinaba cuándo tenía hambre y me daba parte de su desayuno. Espero que Dios la tenga en su santa gloria. Todas las noches le rezo un Padre Nuestro y un Ave María por su alma. El que debe estar penando en este momento es el pobre Edumigio, le gustaba molestar las chicharras; les metía una ramita por el rabo y las soltaba dizque para que se fueran a chirriar y a morir a otro lado. ¡Él era jodido! No podía ver un murciélago porque le atarugaba un tabaco prendido y lo ponía a fumar como a un cristiano. Con los días el animal aparecía chamuscado. Cuando se le preguntaba, el muy descarado se reía sin compasión. En la escuela lo llamábamos el odioso; nadie lo quería. Les pegaba a los más pequeños y les faltaba el respeto a las niñas. Lo peor fue que se murió sin confesarse. Eso es grave. Lo dijo la semana pasada el curita Fernández. El cristiano debe confesarse mínimo una vez por semana. Si no lo hace y se muere, lo espera el infierno… Yo siempre me confieso, por si las moscas. ¡Ya!, ¡ya!, ¡ya!, ¡ya voy! ¿Por qué me demoré? Estaba viendo en el excusado la cara del director de la escuela. “No se meta en política, eso es cosa de adultos”, me dijo el ogro con su voz áspera y soltó la carcajada, dejándome las orejas ardiendo del pellizco que me dio el maldito… ¿Quién fue primero? ¿Dios, o los dinosaurios?, me preguntó mi sobrino cuando llegó de la escuela. ¡Pues Dios!, le respondí. Y antes que me crucificara de nuevo, lo mandé a comprar helados a la tienda”. 

Don Jaime repartió las fichas de dominó mecánicamente mientras todas las miradas estaban puestas sobre Eutimio. Como de costumbre éste suspendía su perorata cuando alguien cruzaba por el sector. Esta vez fue una adolescente sensual, quien con jeans descaderados y ajustados pasó desapercibida de la guerra interior que sostenía Eutimio. 

“¡Huuuuu!”. Exclamó Potte. “¿Quién pidió postre?”. “¡Esto es un bom bom bum!”, dijo Júnior con picardía y soltó la carcajada. 

Todos quedamos embelesados, menos Eutimio, quien asustó a la joven cuando repentinamente reinició su perorata diaria: “¡Mamá!, ¡mamá!, ¡dígale a Sofía que se encargue de mi sobrino, ya estoy jarto que me tomen de niñero! Es hora de que esa sinvergüenza asuma sus responsabilidades. ¡Otra cosa! ¡Otra cosa! ¡Póngale el ojo!... ¡Póngale el ojo! Me huele que otra vez anda en malos pasos, no sea que de nuevo le llenen de huesos la barriga. ¿Que se acabó el mercado? ¡Tranquila mamita!; ¡tranquila! ¡Dios aún no se nos ha muerto! ¡No nos puede quedar mal! Más rato le pedimos un adelanto a Don Matías”. 

Eutimio se retiró con la misma mansedumbre ovina con la que había llegado, ante el llamado estentóreo de su padre quien lo mandó a regar las matas del patio. 

“¡Pobre Eutimio, ya no tiene remedio!”, dijo Don Jaime. 

“Al contrario”, dijo Happy, “Eutimio se nos volvió un filósofo. Pero me suena la idea de que primero fueron los dinosaurios”.

“Con este monólogo Eutimio está cerca de reencarnar al filósofo Platón'', se burló Júnior. 

“¡Ya!, ¡ya!, ¡déjense de enredos metafísicos y de burlas!”. Intervino Ximena, la hija de Don Jaime. “¡Papá!, ¡papá!, es hora de su inyección de insulina”. “Lo cierto es que a nuestro filósofo lo fuimos a recoger la semana pasada a Trapichito”, dijo Potte. “Estaba deshidratado por el sol; consumido por la demencia. El comentario de “El Corrillo” es que lo vieron vagar horas y horas indeciso en el cruce entre Rivera y Campoalegre.

II

Cuando llegamos al barrio Santa Inés sentimos un aire de soledad. En la casa de Don Jaime no había ni un alma. La sala estaba atiborrada de botellas de cerveza desocupadas. Las fichas de dominó yacían en desorden sobre la mesita de juego. Después de escrutar la sala, de llamar varias veces al viejo sin respuesta alguna, salimos al parque. Con un gesto de asombro mi esposa me señaló un gentío que estaba aglomerado frente a la casa de Eutimio. Por el corrillo, Doña Flor y Doña Gladis supimos que habían encontrado el cuerpo de Eutimio en las afueras de Neiva, cerca del puente Santander como quien va para Palermo. Lo encontraron tirado en un rastrojo con muestras evidentes de tortura. 

Don Jaime, en medio de su ebriedad, nos saludó con un guiño afligido y aprovechando que la rezandera contratada por la familia iniciaba el rosario por el alma del difunto, nos llamó afuera, y aparte, nos contó con detalles las últimas locuras de Eutimio: “Después de dejar el hospital por la crisis de esquizofrenia, se adueñó de las plazoletas de la gobernación y del parque Santander. Con su verbo incendiario empezó por echarle la culpa de los males del país, a Gaitán, por haberse dejado matar antes de tiempo. Llamó “cuervos” a los “cacaos” porque desangran al país. Su demencia sobrepasó los límites el día que le echó pestes a la subversión, dizque porque su gobierno era tan malo como el de los godos y el de los liberales. Insultaba por igual a todo aquel que representara el poder. Potte se cagaba de la risa cada vez que le contábamos aquellos disparates”. 

Ya en la casa, Don Jaime desocupó una cerveza y se durmió. Entonces fue Júnior, bajo la sombra de los árboles del parque quien nos puso al tanto de las últimas andanzas de Eutimio:

“Don Hernán trajo el cuento hace un mes. Contó que la última vez que lo vio fue en el tropel de los vendedores ambulantes en la plaza de Los Libertadores. No pudo explicar cómo se infiltró en la protesta. Dijo que lo vio transformado, enloquecido, rojo por el sol del mediodía; corriendo como un demente y arengando con voz ronca en medio de los gases lacrimógenos. Por último, se subió a la estatua del toro. Colgó de los cuernos la bandera nacional, y como un lunático invocó a Bolívar dizque para que encabezará una segunda independencia”. 

 

III

El día del sepelio, mientras el cadáver de Eutimio era acomodado en la funeraria todos fuimos sorprendidos por una corona que lucía un texto insólito: “Si pienso, luego existo”. Nadie supo dar explicación del remitente. Alguien trató de quitarla, pero la patota del barrio se lo impidió. Hoy, seis meses después, este epitafio sobresale con letras doradas en una lápida, que tampoco nadie sabe quién la mandó a hacer.